Columna de Eugenio Voticky en El Muro, sobre elecciones municipales.

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“No le gusta la política”, “no está ni ahí con los políticos” o “los políticos no están interesados por las personas, solamente en votos”; son algunas de las frases que se escuchan a menudo en boca de los ciudadanos. Esto se refleja en la encuesta Adimark que señala que solamente el 50% del padrón electoral está “muy o algo interesado en estas elecciones”.

En este tema hay que tener tres consideraciones: la política no es un hobby o pasatiempo, tenemos los líderes que nos merecemos y no votamos por nosotros.

En primer lugar, después de escuchar repetidas veces: “no me gusta la política”, no tenemos otra posibilidad que pensar: “yo participo porque me gusta y como todos sabemos sobre gustos no hay nada escrito”. Sin embargo, esto no es tan sencillo. La política no es un conjunto de acciones que realizamos para distraernos y relajarnos. No la inventamos porque es divertida en sí misma.

Aristóteles señaló que el hombre es un animal político, ya que sólo pueden vivir en comunidad.  Por lo que, es más bien la consecuencia de la necesidad de organizar la comunidad humana en la medida en que se vuelve más compleja.

Entonces decir: “me da lata la política” se parece más a “me da lata trabajar”. Mientras seamos seres humanos, tenemos que vivir con nuestros semejantes y organizarnos de alguna manera para alcanzar el bien común. La política no es una opción, es un deber. Si realmente el problema es que no queremos votar, no queremos opinar, nos cansamos de pensar o de influir, saquemos la democracia. Quizás  el Portales de 1822 está más actual que lo que nos gustaría al decir:  “la democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República”.

En segundo lugar, la frase “tenemos los líderes que nos merecemos”  se puede ver desde dos puntos de vista. Primero, como que nuestros líderes son reflejo de nuestra sociedad, es decir, se da un fenómeno de espejo. Una sociedad que se enorgullece por la evasión al sistema de transporte público o que considera que el realmente “choro” es ese que realiza un crimen o se escapa de la cárcel le costará mucho encontrar líderes políticos que destaquen por su honradez o laboriosidad. La segunda forma de entender la frase es por el fenómeno de la oferta y la demanda. Si tenemos candidatos que se dedican a prometer y se olvidan de cumplir o que están dispuestos a conceder ciertos privilegios con tal de ganar una ovación es porque hay personas que están dispuestos a votar por ellos o que tampoco están dispuestos a castigar esa conducta a través del voto. Si tenemos candidatos populistas o clientelistas es porque hay votantes que se compran lo que le ofrecen.

Otras frases para el oro son: “ya estoy muy vieja” o “yo estoy bien así que, pa´ qué?”. Tenemos la mala costumbre que votamos por lo que a nosotros nos gusta, creyendo que nuestros deseos e intenciones serán la base de la legislación. Así que si nosotros ya no necesitamos que nada mejore, nos podemos quedar cómodos e indiferentes. Eso es simplemente engañarse. Es nuestro deber votar por el bien común. Esperamos que los representantes que elegimos podrán velar por el bien de todos y cada uno de los chilenos, y serán capaces de “contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional su mayor realización espiritual y material” (art. 1° CPR). Al votar tenemos que pensar que los gobernantes que sean elegidos ahora influirán en el Chile en el que vivirán nuestros hijos y modificarán el que nos dejaron nuestros padres. Quién gobierna sí es relevante. No podemos esperar a que las cosas se pongan más complicadas o polarizadas para participar.

Son solamente tres las cosas: empezamos a votar o cerramos el Congreso por fuera; nos ponemos a la altura de las circunstancias y exigimos lo que merecemos o después  no lloramos sobre la leche derramada; y, finalmente, habrá que abandonar la creencia que la política pretende reflejar nuestros deseos del yo del aquí y ahora,  porque realmente está porque importa a todos a lo largo del país y a través del tiempo.