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Columna de nuestro presidente, José Francisco Lagos sobre la izquierda clasista en Voces La Tercera.

Para nadie es un misterio que el ambiente político en Chile está enrarecido, por el gran rechazo al gobierno, la paralización de los empleados públicos, las diversas marchas y movilizaciones han marcado la agenda de las últimas semanas. Chile poco a poco se va dividiendo y politizando.

Si bien, en principio, es positivo que aumente la deliberación pública, y sean cada vez más las personas interesadas en los temas importantes del país, también es necesario que esa deliberación se dé en un ambiente de amistad cívica y de respeto por el que legítimamente piensa distinto.

En este último punto se ha dejado bastante que desear, porque el nivel de respeto ha sido discreto y una seguidilla de casos lamentables han aparecido a la luz pública. Por ejemplo, la lamentable escena de Bárbara Figueroa, presidenta de la CUT, que le gritaba improperios al ministro de Hacienda desde la galería del Congreso Nacional, tal como si ella estuviera en una barra brava y Valdés fuese el árbitro que cobró un injusto penal. Ubiquémonos.

Tema aparte son las redes sociales, donde personas desde el anonimato insultan a sus contendores muchas veces sin tener un porqué, simplemente ocultándose en la ventaja de no poner tu nombre en la respectiva plataforma.

En ese escenario, quienes vivimos en lugares populares y tenemos ideas cercanas a la centro-derecha somos víctimas constantes de insultos y comentarios ofensivos. Al ya clásico “desclasado”, se le ha sumado el “facho pobre” de moda, siempre acompañado de un adjetivo des-calificativo. Triste espectáculo de los autodenominados defensores de la libertad y los intereses populares.

Lo anterior, muestra a cierta izquierda en cuerpo y alma. Esa tolerancia que dicen defender: simplemente es un eslogan, porque están lejos de practicarlo. Es esa misma izquierda que muchas veces pone el grito al cielo por #NiUnaMenos, pero si alguien piensa distinto, no distingue entre hombres ni mujeres. Esa misma izquierda que dice oponerse a la discriminación, pero no tiene empacho en atacar a una ex ministra por el color de su piel. Una izquierda que no sólo es intolerante, sino también clasista.

Es que lo que hay detrás es esa profunda intolerancia contra quien piensa distinto, pues no aceptan que su discurso no sea monopólico y que cada vez permee menos socialmente. Solo así se entienden las descalificaciones del ministro Nicolás Eyzaguirre contra los padres que según él elegirían el colegio para sus hijos por el color del pelo de los estudiantes. ¡Qué vergüenza!

El desafío para quienes defendemos las ideas de la justicia y la libertad se hace un poco más complejo. Sin embargo, es un llamado a promover mejor los pensamientos y no ocultarlos por miedo a ser atacados en público. Quienes vivimos en comunas populares, sabemos que es el esfuerzo personal y familiar, el emprendimiento junto a una sociedad de oportunidades, los que permiten que exista mayor empleo, mejor educación y, por supuesto, más libertad. Es por eso que, ante las algarabías por redes sociales, no queda más que hacer la vista gorda a quienes hacen de la amargura un deporte. Por otra parte, debemos convencernos de que en la sociedad hay gente que piensa distinto y está bien que así sea, merecen respeto, al igual que lo exigimos para nosotros.